En España ha triunfado la revolución liberal y el país vive entre la esperanza y la incertidumbre, mientras el gobierno del general Prim busca un nuevo rey que sustituya a los Borbones. Los conflictos políticos están a la orden del día y Madrid es un confuso y bullicioso hervidero de intrigas y maquinaciones clandestinas. Un simple aspirante a escritor, Fernando Besora, asiste con sus propios ojos al complot más peligroso, el que puede traer las consecuencias más imprevisibles: la trama para asesinar al mismísimo general Prim.Es una excelente novela, con mucho rigor histórico que no pretende engañarnos de nada. Las cosas son así y punto. Se podría decir que llega a secuestrarnos, porque en ciertos momentos nos sentimos dentro de ella, intentando ayudar al protagonista. Su cercanía hace que nos riamos y emocionemos al ver lo que siente "Fernandito", como amigablemente lo llama el fiero Ignés -un cordero disfrazado de lobo.
Nos cuenta ciertas anécdotas históricas muy curiosas e interesantes, para mí, existe una que destaca sobre todas. Paso a contarla:
(En una mesa del "palacio" -entenderéis al leer la novela porque escribo palacio entre comillas- presidencial, se encuentra el general Prim, acompañado de su esposa, Ignés Vilaplana y Fernando Besora. A lo que Fernandito se adelanta.):
-He visto que produce cierta hilaridad la navaja de Ignés ¿qué pasa con ella?
Prim y Vilaplana intercambiaron una mirada. El general, que acababa de dar un sorbo de vino de su copa, indicó al contrabandista que se explicase. Pero le interrumpió la llegada del servicio con el primer plato: una ensalada de patatas y judías verdes. Mientras comíamos Ignés contó la historia de la navaja.
-En una ocasión el general me invitó a su mesa, pero con menos intimidad de la que gozamos hoy. No recuerdo cuántos éramos, por lo menos una docena. La comida era plato único: tasajos de jabalí que el general había cazado en su finca de los Montes de Toledo, acompañados de patatas asadas. A mí me faltaba el cubierto...
-No fue un descuido de las camarera -puntualizó Doña Francisca.
-¡Qué va! ¡Todo había sido ideado por el general que también dispuso que me sirvieran el último! Esperaba mi reacción al verme sin cubierto. Observé que el personal empezaba a comer y que yo no tenía con que hacerlo. Busqué ayuda con la mirada, pero nadie me prestaba atención. Todos se habían conchabado.
-¿Qué hizo usted? -le pregunté.
-Saqué mi navaja; el chasquido del muelle al hacerlo horrorizó a la damisela que estaba a mi lado. Luego puso cara de asco al ver que me valía de ella y de un trozo de pan para comerme la carne. El general se desternillaba de risa.
-Yo sabía que era un hombre de recursos -comentó Prim-. Pero quería probarlo fuera de su ambiente.
-¡Aprobé con nota!
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