sábado, 28 de abril de 2012

Ovillejos, de Miguel de Cervantes.

OVILLEJOS

¿Quién menoscaba mis bienes?
¡Desdenes!
¿Y quién aumenta mis duelos?
¡Los celos!
¿Y quién prueba mi paciencia?
¡Ausencia!
De este modo en mi dolencia
ningún remedio me alcanza,
pues me matan la esperanza,
desdenes, celos y ausencia.
¿Y quién me causa este dolor?
¡Amor!
¿Y quién mi gloria repuna?
¡Fortuna!
¿Y quién consiente mi duelo?
¡El cielo!
De este modo yo recelo
morir desde mal extraño,
pues se aúnan en mi daño
amor, fortuna y el cielo.
¿Quién mejorará mi suerte?
¡La muerte!
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
¡Mudanza!
Y sus males, ¿quién los cura?
¡Locura!
De este modo no es cordura
querer curar la pasión,
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.

lunes, 23 de abril de 2012

Coplas del vino, de Nicanor Parra. (Premio Cervantes 2012)




COPLAS DEL VINO

Nervioso, pero, sin duelo
A toda la concurrencia
Por la mala voz suplico
Perdón y condescendencia.

Con mi cara de ataúd
Y mis mariposas viejas
Yo también me hago presente
En esta solemne fiesta.

¿Hay algo, pregunto yo
Más noble que una botella 
De vino bien conversado
Entre dos almas gemelas? 

El vino tiene un poder
Que admira y que desconcierta
Transmuta la nieve en fuego
Y al fuego lo vuelve piedra.

El vino es todo, es el mar
Las botas de veinte leguas
La alfombra mágica, el sol
El loro de siete lenguas.

Algunos toman por sed
Otros por olvidar deudas
Y yo por ver lagartijas
Y sapos en las estrellas.

El hombre que no se bebe
Su copa sanguinolenta
No puede ser, creo yo
Cristiano de buena cepa.

El vino puede tomarse
En lata, cristal o greda
Pero es mejor en copihue
En fucsia o en azucena.

El pobre toma su trago
Para compensar las deudas
Que no se pueden pagar
Con lágrimas ni con huelgas.

Si me dieran a elegir
Entre diamantes y perlas
Yo elegiría un racimo
De uvas blancas y negras.

El ciego con una copa
Ve chispas y ve centellas
Y el cojo de nacimiento
Se pone a bailar la cueca.

El vino cuando se bebe
Con inspiración sincera
Sólo puede compararse
Al beso de una doncella.

Por todo lo cual levanto
Mi copa al sol de la noche
Y bebo el vino sagrado
Que hermana los corazones.


Rayuela, de Julio Cortazar. (capítulo 7), descripción de un beso.



   Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elijey te dibuja en la cara, una boca elegida con mi mano en tu cara, y que por azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano dibuja.
   Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes de miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

miércoles, 4 de abril de 2012

Sangre en la calle del Turco, de José Calvo Poyato

En España ha triunfado la revolución liberal y el país vive entre la esperanza y la incertidumbre, mientras el gobierno del general Prim busca un nuevo rey que sustituya a los Borbones. Los conflictos políticos están a la orden del día y Madrid es un confuso y bullicioso hervidero de intrigas y maquinaciones clandestinas. Un simple aspirante a escritor, Fernando Besora, asiste con sus propios ojos al complot más peligroso, el que puede traer las consecuencias más imprevisibles: la trama para asesinar al mismísimo general Prim.

Es una excelente novela, con mucho rigor histórico que no pretende engañarnos de nada. Las cosas son así y punto. Se podría decir que llega a secuestrarnos, porque en ciertos momentos nos sentimos dentro de ella, intentando ayudar al protagonista. Su cercanía hace que nos riamos y emocionemos al ver lo que siente "Fernandito", como amigablemente lo llama el fiero Ignés -un cordero disfrazado de lobo.

Nos cuenta ciertas anécdotas históricas muy curiosas e interesantes, para mí, existe una que destaca sobre todas. Paso a contarla:

(En una mesa del "palacio" -entenderéis al leer la novela porque escribo palacio entre comillas- presidencial, se encuentra el general Prim, acompañado de su esposa, Ignés Vilaplana y Fernando Besora. A lo que Fernandito se adelanta.):


-He visto que produce cierta hilaridad la navaja de Ignés ¿qué pasa con ella?

Prim y Vilaplana intercambiaron una mirada. El general, que acababa de dar un sorbo de vino de su copa, indicó al contrabandista que se explicase. Pero le interrumpió la llegada del servicio con el primer plato: una ensalada de patatas y judías verdes. Mientras comíamos Ignés contó la historia de la navaja.

-En una ocasión el general me invitó a su mesa, pero con menos intimidad de la que gozamos hoy. No recuerdo cuántos éramos, por lo menos una docena. La comida era plato único: tasajos de jabalí que el general había cazado en su finca de los Montes de Toledo, acompañados de patatas asadas. A mí me faltaba el cubierto...

-No fue un descuido de las camarera -puntualizó Doña Francisca.

-¡Qué va! ¡Todo había sido ideado por el general que también dispuso que me sirvieran el último! Esperaba mi reacción al verme sin cubierto. Observé que el personal empezaba a comer y que yo no tenía con que hacerlo. Busqué ayuda con la mirada, pero nadie me prestaba atención. Todos se habían conchabado.

-¿Qué hizo usted? -le pregunté.

-Saqué mi navaja; el chasquido del muelle al hacerlo horrorizó a la damisela que estaba a mi lado. Luego puso cara de asco al ver que me valía de ella y de un trozo de pan para comerme la carne. El general se desternillaba de risa.

-Yo sabía que era un hombre de recursos -comentó Prim-. Pero quería probarlo fuera de su ambiente.

-¡Aprobé con nota!